En mi entrada del 10 de marzo: Covid 19: ¿demasiado poco, demasiado tarde? escribía que la pandemia del coronavirus irrumpiría azotando con fuerza y que nos cogía con el pie cambiado, es decir, sin la capacidad de reacción adecuada, ni las medidas de prevención necesarias.

Superada la crisis que supuso la primera ola con un altísimo coste humano y con más de 44.000 fallecidos y más miles de pacientes con secuelas, se organizó una desescalada gradual. Las comunidades autónomas recuperaron sus competencias tras el estado de alarma. La preparación para evitar los rebrotes, desgraciadamente, no ha sido la adecuada. De nuevo, tarde y poco.

Tengamos muy presente que la mayoría de los que sobreviven a la infección precisarán de atención sanitaria a medio y largo plazo y, no sólo hospitales de pandemias, ni morgues refrigeradas. La alta prevalencia de síntomas moderados, secuelas, nos lleva a una tendencia natural a la complacencia. Sin embargo, gobiernos, medios de comunicación, empresas, y público general deben redoblar sus esfuerzos en promover la seguridad y tomar precauciones. Es difícil mantener mensajes de salud pública consistentes cuando el virus es tan inconsistente y errático en aquellos a los que infecta, daña y mata.

El hecho de que los infectados puedan transmitir antes de desarrollar síntomas, significa que la detección es difícil, por lo que la extensión de las cuarentenas obligatorias y el autoaislamiento voluntario tienen mucho sentido, abogando por la responsabilidad individual de alcance colectivo. También hacer muchos más test y un seguimiento de contactos riguroso, aunque también han faltado, y faltan, rastreadores.

Aquí van algunos aspectos a prestar mayor atención: la manera de convocar a la población vulnerable para hacer las PCR; no llamar educación sanitaria a los consejos telefónicos de los rastreadores, que muchas veces no han sido siquiera profesionales sanitarios o relacionados; reforzar más la atención primaria, como se dijo, e invertir seriamente en la mejora de los sistemas de información de salud pública con epidemiólogos cualificados; prestar a la situación social de los casos detectados más atención que al lugar y contexto de nacimiento; acelerar la ayuda social a los más desfavorecidos que no llega tras publicación en el BOE; pensar que los cambios de comportamiento social se dan fácilmente porque nos lo diga alguien en la TV o con la ayuda de influencers; dar por hecho que todas las personas siguen las recomendaciones de cuarentena; pensar que la entrada en los colegios se arregla con test al profesorado; minimizar la disparidad de decisiones judiciales sobre las medidas tomadas por los gobiernos regionales, entre otros.

Solo hemos conseguido que se lleve la mascarilla por su obligatoriedad. Menos éxito tenemos con la distancia física en muchos lugares, en ocasiones por imposibilidad de cumplimiento, otras por actos, ahora irresponsables. La responsabilidad individual es clave en el control de esta pandemia, pero no debemos olvidar los factores sociales que nos contextualizan como individuos.

Falta de un mensaje nacional claro, y se ha devuelto prematuramente el control de la política para el control de un virus -que no reconoce fronteras, ni territorios- a los gobiernos regionales, en lugar de continuar con un liderazgo fuerte sobre cómo deben comportarse las personas con el empleo de mensajes cortos y claros: Provincial health officer Dr. Bonnie Henry recommends wearing a mask in these situations

No hay todavía suficientes pruebas ni rastreo de contactos. La escasez ha hecho que sea difícil para las autoridades sanitarias, identificar y aislar a los posibles portadores del virus. Algunas comunidades llevan semanas situadas entre las 10 regiones europeas con mayor cantidad de contagios. Hay que reaccionar en temas urgentes como que la sanidad cuente realmente con los medios y recursos necesarios; la supervisión pública estrecha y estricta de las residencias; la vigilancia de determinadas condiciones de trabajo o el control efectivo de las medidas que se acuerdan nocturno.

Tenemos que actuar con determinación. Salud y economía van de la mano, y se retroalimentan. La  economía está muy tocada y sus efectos sobre la salud pueden ser devastadores. Desafortunadamente, no hay razón alguna para que no surja otro virus nuevo en los próximos años. Aprendamos, con las lecciones bien interiorizadas, a vivir entre pandemias.

El gráfico de la imagen lo he tomado prestado de @JuanGervas, y de los aspectos a prestar mayor atención, me inspiraron conversaciones mantenidas con @SalvadorPeiró.

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