Sirva esta entrada como pequeño homenaje al Prof. Abarracín que en el otoño de 1996 atendió a la invitación que le formulamos para presentar la Fundación Gaspar Casal, desde la sección de ciencias de la salud del Ateneo de Madrid, su presidente el Dr. César Navarro y yo mismo como coordinador.

España desde la segunda mitad del siglo XVI hasta finales del XVII vivía aislada cultural y científicamente. Durante el reinado de los dos primeros Borbones surge la figura de un médico español que nace en Gerona en torno a 1679, ejerce su profesión en la Alcarria, Madrid y luego Oviedo donde escribe su obra renovadora para la época “Historia Natural y Médica del Principado de Asturias” para acabar en 1751 en Madrid como médico de Cámara de la Corte. Fallece en 1759.

El estudio minucioso de la historia natural de las enfermedades –more hipocrático-, la inducción de los datos recogidos por observación sensorial hasta inferir especies morbosas que excluyan toda consideración a la esencia de la enfermedad –more baconiano- y el conocimiento de la inescrutabilidad e inexplicabilidad de tal esencia por parte de la mente humana –more lockiano-, constituye el trípodeque permite definir tales especies morbosas como reales regularidades de la naturaleza genérica del hombre enfermo, apoyada en la descripción de síntomas con que se resuelve a los ojos y sentidos del clínico. Pues bien, fiel a Hipócrates y Sydenham, describe el mal de la rosa o la pelagra con maestría, que diferencia de la sarna y de la lepra. Observa que sus pacientes cuando vuelven a comer alimento rico en vitamina B3 o niacina, como el maíz -cuyas cosechas se arruinaban los años con mucha lluvia- mejoran.

Además, en esa España que vivía de espaldas al mundo se comunica con doctores en Medicina de la ciudad de París con los que consulta acerca del tratamiento. Para nosotros, como dijimos en esa reunión hace casi treinta años, fue el primer epidemiólogo español.

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