El recuerdo que guardo de mi estancia en Edimburgo un año para cursar una maestría en Salud Comunitaria es magnífico. Contribuyó el espíritu de la gente, los profesores, mis compañeros y mis dos landladies y como no, la belleza de la ciudad, con su rebosante felicidad y cultura.
En verano está el Fringe que desborda la ciudad con miles y miles de visitantes, recorriendo la empinada Royal Mile. En ella hay una imponente estatua de Adam Smith, autor de la riqueza de las naciones y de la teoría de los sentimientos morales. Es pura Ilustración escocesa que entre 1745 y 1789 hizo que se conociera a la ciudad como la Atenas de Gran Bretaña. El pensador escocés se le conoce como el padre del capitalismo o del libre mercado y padre del pensamiento económico. Su nombre va asociado a la metáfora de la mano invisible, que viene a decir que la búsqueda egoísta del interés particular actúa en beneficio de la prosperidad general. Sin embargo, el núcleo central del pensamiento moral de Smith es la simpatía o la empatía, es decir, la necesidad del ser humano de ponerse en el pellejo de los otros para entender sus sentimientos. Creo que fue más filósofo que economista, preocupado por la moral. Por ejemplo, la llamada corrupción de los sentimientos morales es el resultado no deseado de una admiración excesiva hacia los ricos y un desprecio injusto hacia los pobres. ¿No les parece que su pensamiento debería estar de moda en los tiempos que corren?
