La Organización Mundial de la Salud (OMS) fue creada en 1948 para hacer posible la colaboración entre países y hacer frente a los desafíos de salud y bienestar, y para ofrecer consejo contrastado ante las amenazas existentes en salud global.

Parece que Trump quiere salirse de esta organización inserta en Naciones Unidas, aunque sus razones no sean del todo claras: cierto caos en el manejo de la pandemia del Covid-19, agenda nunca finalizada (aunque el retraso sea por la intransigencia de los USA en la firma del acuerdo de pandemias); alta carga financiera, y demasiada influencia política de China. Antes del portazo puede bajar financiación y resituar a China (que si saliera se vería muy reforzada).

Los USA cubren el 20% del presupuesto de la OMS y cuentan con mucho expertise y expertos en torno a la organización. Pero hay voces críticas con la escasa transparencia, la débil rendición de cuentas y el alto gasto estructural para su bajo retorno. La fractura del ecosistema de salud global minará la cooperación y la solidaridad necesaria para responder a las amenazas para la salud que trascienden fronteras. Se puede pensar si la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) puede emerger en este ámbito y cubrir parte del gap. Sin embargo, con la situación geopolítica y los riesgos sistémicos actuales, el horno no está para bollos y, como decía San Ignacio de Loyola, en tiempos de tribulación no hacer mudanzas.

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