Una parte de nuestra vida anterior posiblemente será irrecuperable. En estos primeros días de Fase 1 se imponen las colas, para todo. Habrá vacunas, pero cuando lleguen van a tener algo complicado vencer el miedo que se ha extendido durante el largo confinamiento. Será el trauma social –más que las medidas que sigan vigentes– el que hará difícil volver a las costumbres pre Covid 19.

Cosas de lo que está ocurriendo me recuerdan el brutal atentado terrorista en Madrid el 11 de marzo de 2004, que trajo más videovigilancia y más procedimientos de seguridad en espacios públicos como los aeropuertos, estaciones de tren, etcétera. Ahora será control de temperaturas y vigilancia a través de los móviles. El distanciamiento físico seguirá siendo obligatorio un tiempo todavía por definir, nada más salir de casa y en múltiples situaciones. También el uso de las mascarillas.

La repercusión sobre la economía será inconmensurable. Necesitamos a Europa más que nunca. Habrá empresas que se adapten enseguida y les vaya bien, pero otras muy basadas en nuestra vida anterior, se contraerán. Empleos relacionados con la asistencia sanitaria y social ganarán poder y prestigio. La educación cambiará e iremos a un mix distancia-presencial aún por delimitar. La teleformación no puede perder de vista la alta tasa de abandono escolar que tenemos, ni la falta de recursos en muchas familias. La automatización y la inteligencia artificial eliminarán progresivamente en su implantación, franjas de empleo. Sin embargo, aparecerán nuevos empleos tecnológicos, por ejemplo, en todo tipo de plataformas, en home delivery, y en todos aquellos servicios en línea que hagan de palanca con la digitalización disruptiva que está teniendo lugar.

Pero nada de esto será sin sufrir algún efecto colateral. Deberemos decidir si plantamos cara a los excesos de la economía del control. La epidemia ya nos está llevando en volandas a un acelerón tecnológico sin precedentes. Asistimos, en riguroso directo, a que nuestras vidas anteriores se vayan pareciendo poco a cómo eran. Si no mantenemos nuestro pensamiento y nuestros deseos firmes, la métrica digital lo hará por nosotros. Veremos si hay alguna posibilidad de escape. No quiero verlo negro que dicen en La Mancha, quizá no lo haya conseguido.

Esta crisis, más que mostrarnos un nuevo orden mundial, nos sitúa ante un espejo que señala las debilidades de cómo hemos venido funcionando como sociedad en su conjunto, cada agente con su cuota de responsabilidad. El terrible impacto del coronavirus es una consecuencia, no una causa, y mal haríamos en entenderlo al revés.

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