Las intervenciones de prevención deben dirigirse a las poblaciones de alto riesgo con intervenciones personalizadas que aborden barreras específicas dentro de las mismas.
El éxito debe medirse por mejoras significativas en los resultados de salud y la equidad en salud, lo que necesita marcos de evaluación sólidos que puedan capturar tanto los indicadores a corto plazo como los impactos en la salud de la población a largo plazo. Además, es necesario permitir la adaptación de las intervenciones sobre la base de la eficacia en el mundo real.
Hay que considerar los comportamientos individuales en el diseño de la implementación. Muchas iniciativas de prevención requieren que las personas cambien su comportamiento, con un impacto mucho menos visible en comparación con el tratamiento de enfermedades. Los programas de prevención exitosos deben invertir en investigación en ciencias y economía del comportamiento para optimizar el diseño de la intervención y desarrollar enfoques estandarizados para abordar las dudas sobre las vacunas y la información errónea sobre la salud.
Hay que ser proactivo para abordar las desigualdades. Las intervenciones de prevención pueden ampliar inadvertidamente las desigualdades en salud si son adoptadas más fácilmente por grupos socioeconómicos más altos, o si hay un acceso más fácil en áreas ricas. Para reducir esto, las intervenciones deben dirigirse activamente a las poblaciones que más las necesitan.
Hay que comprometerse con una financiación sostenida de la prevención a largo plazo. Una barrera sustancial para la prevención efectiva sigue siendo la paradoja de la prevención de Rose, es decir, el desfase de tiempo entre la inversión y los resultados de salud medibles. Las intervenciones de prevención requieren una priorización y financiación consistentes durante múltiples ciclos políticos y presupuestarios para que los resultados se realicen plenamente.
