En los últimos años estamos asistiendo a transformaciones profundas en el Estado del bienestar europeo como consecuencia de la globalización. Conviene explicarlo con cierto detenimiento.
Tradicionalmente, el Estado del bienestar funcionaba como un agente distribuidor de riqueza. Se apoyaba en dos pilares fundamentales: un sistema productivo con altos niveles de empleo y un sistema fiscal progresivo que permitía redistribuir los recursos generados por la economía. De este modo, el bienestar social se financiaba principalmente a partir de la riqueza producida por el propio sistema económico.
Sin embargo, en las últimas décadas se ha producido un cambio significativo. El Estado del bienestar ha pasado, en gran medida, de basarse en la distribución de riqueza generada por el trabajo y los impuestos a sostenerse crecientemente mediante el crédito y el endeudamiento. Este desplazamiento tiene consecuencias importantes.
Por un lado, ha otorgado un papel central a la industria financiera. Por otro, ha debilitado la capacidad reguladora del Estado sobre el sistema económico. En la medida en que los Estados dependen cada vez más del endeudamiento internacional, su margen de decisión se reduce y parte de su soberanía queda condicionada por los grandes acreedores y los mercados financieros.
Este proceso ha tenido también efectos sociales y políticos. Cuando el Estado pierde capacidad de intervención y la política parece tener menos capacidad para transformar la realidad, la ciudadanía tiende a desmotivarse respecto a la participación pública. Se debilita la interacción social, disminuye el debate público y aumenta la despolitización.
En este contexto conviene recordar cuál fue el fundamento del proyecto europeo. La integración europea nació con una finalidad muy concreta: garantizar la paz entre los pueblos de Europa. La idea era que el comercio, el intercambio y el diálogo entre sociedades generaran progresivamente una comunidad política más amplia, capaz de sostener estructuras federales entre los Estados.
Sin embargo, esa comunidad política europea todavía no ha llegado a consolidarse plenamente. Una de las razones es la dificultad para construir una auténtica opinión pública europea, formada a través de espacios de debate compartidos y procesos deliberativos comunes.
Europa se encuentra hoy precisamente ante ese desafío: convertirse en una verdadera comunidad de pueblos y Estados dispuestos a caminar juntos hacia un proyecto de paz duradera.
En los últimos meses, además, el aumento de la tensión geopolítica internacional —particularmente tras el cambio de tono en la política exterior de Estados Unidos— ha elevado el nivel de confrontación y ha amplificado las divergencias entre los Estados miembros. Esta cacofonía política dificulta avanzar hacia el objetivo que inspiró el proyecto europeo desde su origen: hacer de la paz una condición permanente de la convivencia entre los pueblos de Europa.
