Desde hace unos días se ha reflejado con intensidad inusual en los medios de comunicación la necesidad de realizar una evaluación a posteriori de cómo se han hecho las cosas durante la fase aguda de la pandemia de la Covid 19. La solicitaban en una carta publicada en The Lancet, 20 expertos en salud pública.

Sorprende el interés que ha despertado la petición que en otros países de nuestro entorno se hacen de motu propio. ¿Qué impide que en nuestro país, las buenas prácticas de gestión no se hagan de oficio?, ¿no debería estar preocupada la administración pública del estado y las CCAA por corregir las deficiencias detectadas durante su transcurso? Creo que la clave nos la ha dado este domingo Fernando Vallespín, en su tribuna de El País, sobre Monarquía a República. Nos faltan los valores que definen el republicanismo cívico. Empecemos con el primero:

Liderazgos responsables. No dudo de la responsabilidad de todos los técnicos que han estado al frente del manejo de la pandemia en sus vertientes salubrista y clínica. Me consta que se han dejado la piel. Pero han faltado los liderazgos políticos que empujaran la planificación, coordinación y dirección diligentes entre el gobierno y las CCAA.

Virtudes ciudadanas. Hemos sido muy obedientes durante el confinamiento, pero no tanto en la desescalada con brotes sucesivos que nos pueden llevar a una segunda ola en algunos territorios. La responsabilidad individual es tibia entre muchos. El olvido de los muertos y de los que han quedado con secuelas debería sacudir el civismo y propiciar comportamientos responsables.

Sentido de comunidad. Aquí hacemos agua si miramos a países donde las alocuciones con consejos de los expertos son seguidas escrupulosamente. El corto plazo, intereses no sustentados en la evidencia e improvisación nos están haciendo mucho daño. Aunque la carta aludida sea un buen ejemplo de exigencia profesional, falta la ciudadana. Estamos inmersos en una anomia social mezclada con miedo a la que los líderes políticos responden con trifulcas e insultos.

En síntesis, si no mostramos una mayor exigencia ciudadana con petición de transparencia y rendición de cuentas (la evaluación independiente), con una mayor calidad institucional y un mejor gobierno de lo público donde imperen solvencia y diligencia ante los retos en los que estamos sumidos, el escenario pinta sombrío, y la salida será más lenta y dolorosa.

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