Decía Henry Kissinger que una decisión no es lo mismo que una conclusión. Tampoco evidencia es destino. La definición de un problema raramente acaba conduciendo a una mejor política pública si no se acompaña de una gestión de esas aportaciones con el conjunto de actores implicados en la decisión política.
Los científicos que trabajan en políticas públicas acostumbran a realizar análisis sobre alguna cuestión en concreto (por ejemplo, los programas que tratan de reducir la pobreza), usan muchas veces datos procedentes de bases de datos públicos y llegan a conclusiones que consideran de mejora de la política analizada. Su labor suele finalizar aquí. Faltan implantadores que aseguren que se llevan a cabo y con qué resultados.
Poco se dice sobre qué acciones en concreto convendría llevar a cabo, qué modificaciones del programa sería necesario emprender, cómo afectaría a los presupuestos públicos, qué se debería dejar de hacer si se hace tal cosa, cómo actuar frente a las reacciones de los funcionarios y de los receptores de las ayudas ante las alteraciones de lo que hasta entonces se hacía. El análisis es básicamente técnico, dando por supuesto que los objetivos del programa son los que realmente se quieren conseguir.
Se da también por supuesto que la estructura de implementación está alineada con la política, dispone de los recursos necesarios para la tarea, y que no hay follón político entre lo que se dice querer conseguir y lo que puede observarse cuando se examina la puesta en marcha del programa. Nada de ello se acerca a lo que ocurre en realidad. Y es que, para conocer esa realidad sin filtros y lograr verdaderamente mejorar las cosas, es obligatorio evaluar lo que se hace y reajustar el rumbo sobre la marcha. El diseño original nunca sobrevive intacto al contacto con el suelo de la realidad.
Ha crecido, y todo apunta a que seguirá creciendo, de manera irreversible la significación del conocimiento y de la tecnología en el desarrollo de la humanidad y de sus formas de vida, trabajo y convivencia. La digitalización, la inteligencia artificial, los inicios de la revolución cuántica, etcétera ponen de relieve un proceso que no parece tener límites. Pero, al mismo tiempo, aumentan enormemente las dudas y los conflictos sobre las implicaciones éticas y sociales de esa evolución y sobre qué camino tomar ante cuestionamientos generales como los que proyecta la emergencia climática.
Surgen nuevas pandemias, reaparecen los conflictos armados en Europa y crecen las tensiones en otros escenarios. Persiste y se enquista la desigualdad a pesar de que crecemos. Sabemos más que nunca lo que nos pasa y, al mismo tiempo, la capacidad desinformativa y perturbadora sobre la relación evidencias-argumentos nunca había sido tan generalizada. Y esta desinformación resta complicidad social a la acción de los gobiernos en la implementación de los planes y programas, cerrándose un ciclo poco virtuoso. Se necesita mucho talento y organizaciones muy cualificadas para activar la tarea de la traslación del conocimiento a la acción.
