Me complace introducir la nota que ha escrito María Seco de la Fundación Gaspar Casal con motivo del día internacional de la prevención del suicidio, el 10 de septiembre, acerca de un problema de salud pública, que permanece escondido y por tanto no atendido correctamente por las instituciones. Además, con la pandemia COVID-19 se ha disparado, especialmente entre adolescentes.

“Me quiero morir”, “esta vida es una mierda, mejor no haber nacido”, “no quiero vivir” … ¿qué hacemos cuando escuchamos estas frases? Pues normalmente nada; le quitamos importancia; intentamos darle la vuelta para mostrar a la persona que lo dice la cara amable de la vida; incluso, en algunos casos, llegamos a tomarlo como una broma, una salida de tono, una llamada de atención.

Este es el gran problema del suicidio, que no se habla de ello. Cuando alguien lo menciona nos da miedo, no sabemos cómo afrontarlo y preferimos taparlo, ignorarlo, enmascararlo.  Y así el suicidio se convierte en un tema tabú del que es mejor no hablar. Y sin saberlo, ya es la primera causa muerte entre las personas jóvenes y adolescentes en España según datos de la Fundación Española para la Prevención del Suicidio.Tan tabú es que este dato ni siquiera se ha publicado en los principales medios de comunicación. El “efecto llamada”, por el cual se omite cualquier información referida a un tema para evitar su repetición, es falso en este caso. Muchos expertos han insistido en este tema: no existe tal efecto llamada y lo que hay es miedo a hablar del tema. Los profesionales de los medios están formados y formándose sobre cómo abordar estas noticias. Una cosa es informar de un hecho real que sucede con más frecuencia de la que se cree, y otra recrearse en los temas escabrosos sobre cómo una persona ha llevado a cabo el hecho del suicidio.

Una vez más el silencio, ese gran aliado del suicidio.

Y diagnosticado parte del problema, ¿qué podemos hacer para intentar frenar una realidad que aumenta y que deja a muchas familias destrozadas y a muchas personas malheridas, con una calidad de vida peor que la que querían dejar atrás: aquellas que no consiguen su objetivo y tras un intento de suicidio sufren secuelas permanentes?

La concienciación es fundamental. Concienciar significa dar visibilidad a la problemática del suicidio, alertar sobre su amplitud y promover la solidaridad tanto a nivel de prevención como de apoyo a las personas en duelo. Concienciar y sensibilizar pasa por hablar y facilitar que se hable del suicidio. Es necesario fomentar el diálogo y poner en marcha campañas de concienciación. Queremos contribuir a romper el tabú y el estigma que envuelve al suicidio y al duelo por suicidio, es imprescindible para entender y ayudar a las personas que lo necesitan (ASPAS).

En España, según datos de esta asociación, mueren actualmente al año 4000 personas, casi 11 al día a causa de suicidio.

En el año 1991 murieron en España 5736 personas en accidentes de tráfico. Veinte años después y gracias al esfuerzo que hace el Gobierno para disminuir esta realidad, con unas campañas de publicidad excelentes, esta cifra ha disminuido a 1101 víctimas mortales en 2019 menos de la cuarta parte. Un rotundo éxito. Está demostrado que las campañas de concienciación y prevención cumplen su objetivo.

Tenemos que hacer lo mismo con el suicidio, hacer campañas destinadas a la prevención. Transmitir a los potenciales suicidas que quitarse la vida no es sólo el fin del sufrimiento, es el fin último. Cuando una persona se suicida no quiere dejar de vivir, lo que quiere es dejar de sufrir, quiere descansar. Este es el mensaje que necesitamos transformar. Hay otras salidas. El suicidio tiene consecuencias irreversibles.

Hace falta más implicación social en la prevención, no solo del ámbito de la salud mental, que ya está muy implicado, sino también del personal médico de atención primaria, del periodismo, de los agentes sociales, de los centros educativos, etc. De modo que cuando escuchemos un “no quiero vivir” le prestemos la importancia que se merece, sepamos cómo reaccionar, hablemos con esa persona, la derivemos a un recurso especializado, y, sobre todo, se sienta escuchada y acompañada. En este caso, sí hay salida. El suicidio no es la solución.   

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