En salud pública se nos enseñaba que la prevención no da titulares y en consecuencia se la presta poca atención política y menos presupuesto. Si además no distinguimos entre una actividad preventiva fiable de una que no lo es y seguimos prefiriendo pan para hoy y hambre para mañana, no vamos bien. El horizonte temporal cuenta. 

Además, si mucha gestión preventiva es invisible, ni se vota ni se premia. Por la selección adversa que opera en los gobernantes se irá a una gestión reactiva, y de telediario. 

En salud pública si haces bien tu trabajo te recortan el presupuesto pues menos gente enfermará, es decir, castigo al éxito.

Y se puede ir más allá, el legislador que con una reforma anónima preventiva logra que una enfermedad no se propague recibe menos honores que el médico que trata con éxito a los enfermos una vez iniciada la epidemia. Además, la ingratitud del vulgo te lleva a que solo se agradezca lo que deja rastro, lo que se inaugura, y no lo que sirve para mantener y robustecer los servicios esenciales de promoción de la salud y prevención de la enfermedad. En esas estamos y nadie reclama que impere el sentido común a pesar de que nos contemos la misma historia todos los años.

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