La desinformación sanitaria no es un fenómeno inocuo ni una simple distorsión del debate público. Cuando afecta al cáncer, puede llegar a modificar decisiones terapéuticas y, con ellas, el pronóstico de los pacientes. La circulación en redes sociales de afirmaciones sin respaldo científico —como las que atribuyen a las vacunas de ARNm la aparición de supuestos “turbo cancers”— ilustra hasta qué punto una narrativa falsa, repetida y amplificada, puede terminar interfiriendo en la práctica clínica. El riesgo no es únicamente que una persona crea una información equivocada: es que actúe en consecuencia. La evidencia muestra que la información inexacta sobre el tratamiento del cáncer es frecuente en internet y puede influir en las decisiones de los pacientes; cuando estos sustituyen terapias recomendadas por alternativas no probadas, su riesgo de muerte puede aumentar de manera sustancial.
El problema adquiere una dimensión todavía mayor ante la nueva generación de tratamientos oncológicos. La tecnología de ARNm atraviesa un momento decisivo de desarrollo científico, con aplicaciones potenciales en vacunas terapéuticas frente al cáncer. Sin embargo, el avance de la ciencia no está siendo acompañado necesariamente por un avance equivalente en la comprensión social de estas tecnologías. La exposición reiterada a mensajes engañosos puede erosionar progresivamente la confianza y hacer que, llegado el momento, algunos pacientes rechacen tratamientos eficaces no por sus riesgos reales, sino por percepciones construidas previamente a partir de información falsa.
Ahí reside el peligro más difícil de percibir: la desinformación de hoy puede condicionar la aceptación de la medicina de mañana. Una innovación puede demostrar científicamente su seguridad y eficacia y, sin embargo, fracasar parcialmente en términos de salud pública si una parte de la población ya ha aprendido a desconfiar de ella.
Por eso, combatir la desinformación no puede limitarse a desmentir falsedades cuando ya se han hecho virales. Exige anticiparlas, detectar tempranamente las narrativas emergentes, explicar con transparencia qué se sabe y qué todavía no se sabe y proporcionar a los profesionales sanitarios herramientas para responder a las dudas de sus pacientes. Porque la confianza, una vez perdida, resulta extraordinariamente difícil de reconstruir.
El futuro de la oncología dependerá, por tanto, de algo más que de nuevos descubrimientos. Dependerá también de nuestra capacidad para conseguir que esos descubrimientos sean comprendidos y valorados a partir de la evidencia. La innovación científica puede salvar vidas; la desinformación puede impedir que llegue a hacerlo. Aquí la Fundación Gaspar Casal tiene un buen reto y un servicio que prestar para conseguir una ciudadanía mejor informada.
