La prevalencia de estrés, insomnio, anhedonia, apatía y de enfermedades como la depresión ha sido históricamente más elevada en el personal sanitario que en la población general. La pandemia no ha hecho más que empeorar unas cifras que ya de por sí eran preocupantes. Durante el último año se han publicado 2 estudios sobre el impacto de la pandemia en los profesionales sanitarios españoles. En ellos se refleja una prevalencia de trastornos de la salud mental de aproximadamente un 28% para la depresión, 22% de estrés postraumático y hasta un 8% de pensamientos o comportamientos suicidas.

Es verdad que España no es única en este sentido, en otros estudios internacionales se observan cifras similares, a veces incluso mayores. De hecho, ya hay algunos autores que han buscado factores de riesgo, como el vivir sólo, estar en contacto continuo con pacientes graves y de protección como el tener una familia, estabilidad laboral o disponibilidad de días libres.

Es cierto que en la primera ola y especialmente durante el confinamiento del año pasado la población realizó muchos gestos de apoyo al personal sanitario, pero es evidente que no basta con aplaudir ni con twitear uno o dos mensajes de ánimo.

Ese agradecimiento social no será más que una anécdota si no se termina traduciendo en iniciativas reales y con impacto que permitan mejorar estas cifras tan desalentadoras.

En este contexto parece que se va haciendo cada vez más necesario el armar un plan nacional de prevención y tratamiento de trastornos depresivos y patologías similares en el personal clínico. Un plan que contemple al menos la formación de una estructura terapéutica que proporcione como mínimo apoyo emocional para quien lo solicite, a través de grupos de apoyo u otras actividades.

La Sociedad Española de Psiquiatría ya recogió el año pasado una serie de medidas que pueden llevar a cabo los profesionales, especialmente los médicos, en su día a día. De las 15 recomendaciones conviene señalar dos:

  • La primera, que englobaría las recomendaciones 1 a la 3, se refiere al espacio personal, a permitir descansos, a tener una rutina normal que permita desconectar de vez en cuando. Ir a tomar algo, hacer ejercicio o simplemente quedarse en casa sin hacer nada.
  • La segunda tiene que ver con la sobreexposición a información. Los medios no hacen más que publicar mensajes incendiarios, de recordarnos lo mal que va todo, la miseria que nos rodea y lo inevitable de las circunstancias.

En base a estas recomendaciones y a falta de un plan general para la salud mental de los profesionales sanitarios, quizás en este momento, lo mejor que podemos hacer por ellos es escucharlos si quieren hablar y dejarles espacio si lo necesitan.

Sería conveniente aprovechar el momentum de la pandemia para dar a la salud mental la visibilidad que se merece. La supuesta “invisibilidad” de las enfermedades mentales no las hace menos reales o graves.

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